
Si estáis interesados sólo tenéis que decírmelo y ya concretaremos la hora y el lugar exacto.
David.

No creo en la mala suerte pero sí en las malas dinámicas y probablemente yo me encuentre inmerso en una de ellas.
Tengo la cabeza repleta de proyectos que difícilmente se cumplirán si no logro administrarme mejor mi tiempo. Entre ellos se encuentran este blog o la incapacidad de quedar más a menudo con mis amigos/as.
Estar pensando constantemente en lo que dejo de hacer me produce intranquilidad y sensación de desasosiego. Una mala dinámica que en mi opinión es tan responsable de mi esguince de tobillo como el mal gesto que realice ayer en la clase de karate del C.E. Cosmos.
Pero ni de esguinces, ni fastidios quiero escribir sino de la experiencia vivida ayer en el Espíritu Santo de Santa Coloma de Gnet.
Gracias a Salva que me acercó en coche, llegué al hospital a la media hora de haberme esquinzado el tobillo izquierdo. Cojeando y con una bolsa de hielo atada al pie mediante una cuerda de saltar a la comba, me recibió una enfermera que parecía, al igual que yo, inmersa en una mala dinámica.
Soy de la opinión de que trabajar a disgusto es una de las peores cosas que le puede suceder a una persona. Pobrecilla. Contesté al interrogatorio. Como llevaba haciendo toda la tarde la enfermera me indicó la puerta de la sala de espera, desoyendo mis dolorosos lamentos y la petición de una silla para tener el pie en alto.
En fin entré en la sala de espera pensando que hay cosas que podrían mejorarse en la época de los viajes turísticos al espacio y los móviles de tercera generación.
¿Cuánto tiempo hacía que no visitaba el hospital de mi localidad?. Desde luego aquello era una pequeña muestra de la transformación de nuestra sociedad. En el tiempo que esperé hasta que me atendieron, aproximadamente dos horas con el tobillo inflado como una pelota de tenis, pude distinguir inmigrantes de una buena variedad de países. En aquella sala esperaban como yo gitanos del este, marroquíes, pakistaníes, hindúes, gitanos autóctonos,… como mínimo. No había ni un lugar para sentarse, sin embargo, al verme entrar entre todos lograron una silla para que pudiese esperar. Desde luego mis compañeros de dolencias me recibieron mejor que la enfermera. Allí me distraje observando los ropajes típicos de cada región que allí estaba representada (saris, piercings, bindis, los andrajos de los gitanos,…), me enternecí al ver que en la adversidad todo el mundo tenía uno o varios acompañantes o que pese al dolor todos aceptabamos el lento degoteo de pacientes y el turno adjudicado.
Una hora de espera después, un enfermero me pregunto por cual era mi afectación aunque tampoco parecía tener muchas ganas de escucharme más de lo imprescindible, hay que decir que el hospital estaba hasta los topes. Una vez más me denegó la silla para alzar el pie, devolviéndome a la sala de espera.
- Deberías esperar al fondo porque es por allí por donde te llamaran- me dijo el enfermero.
– Pero es que allí no hay sillas para sentarme y de pie no puedo estar- contesté yo.
- Lo siento pero el hospital está a tope y no dispongo de ninguna silla- acabó el enfermero.
En la pared de la sala de espera y en la pequeña consulta en la que me recibió el enfermero había colgados diversos carteles que rezaban: “La mejor medicina es el respeto”, o “La violencia no es respuesta” y se veían los ojos de una persona que vestía un gorro y una mascarilla verdes. Posiblemente un enfermero o un doctor. Seguro que dedicando más medios no habría que hacer llamadas al respeto.
Acepté mi destino y me dirigí a la puerta de traumatología ante la que me senté en el suelo. Después de otra hora y media de espera, me atendieron. Debo decir además que con un trato excelente que distaba mucho de la apatía, casi antipatía de los enfermeros que me recibieron.
Mi reflexión es que la sociedad sufre una transformación profunda, evidenciada en mi caso en el llamativo cambio experimentado por las personas que esperaban a ser atendidas en el hospital de mi pueblo, sin embargo, el servicio sanitario sigue con los mismo problemas de hace 10 o 20 años: Incapacidad para absorber el gran número de pacientes y brindarles un trato digno.
Sin embargo inventamos móviles de tercera generación o vuelos baratos. Un poco más de social-democracia y menos incentivación del consumismo señores políticos.
Quizás en la convalecencia encuentre el camino a la buena dinámica.
David.
Hay que reconocerle a la navidad la capacidad que tiene para distraernos.
Sobre la muerte de Pinochet lo que más me sorprende es:
Las reacciones de algunos chilenos afines al antiguo dictador. No sé si muchos o pocos pero capaces de atraer toda la atención mediática sobre ellos a base de lanzar objetos contra una reportera de TV1 e incluso empujar a uno de los componentes del equipo de Caiga quien caiga. ¿Es que no se dan cuenta de que al grito de “fuera los huevones”, “Garzón, cabrón”, “ hijos de puta, españoles” lo único que logran es que su opinión política por reprochable pero, al fin y al cabo, legítima que sea, pierde toda credibilidad y prestigio?.
(En el último libro que he leído, Irène Némirovsky viene a decir, creo que acertadamente, que el débil desea que gobierne el dictador porque así únicamente se expone al expolio de este, mientras que en democracia es presa fácil de muchos. Quizás esto nos sirva para entender porque regímenes como el del general Pinochet o del general Franco duraron tanto con la aquiescencia de pobres y ricos.
No te vayas a celebralo sin mí, Manu.
David

¿ No tenéis la sensación de que vuestra vida sigue un ritmo frenético?
Yo sí que la tengo. Creo que estoy tan ocupado o me ocupo tanto que a penas puedo pararme a pensar en las cosas que están sucediendo dentro y fuera de mí.
De un año a esta parte he vivido diversas situaciones, cantidad de cambios que me afectan de forma decisiva y, ¿sabéis que pienso?.
Pues por un lado que vivo sin previsión, ni revisión. Dejo que las cosas sucedan. Vivo de momentos efímeros que podrían aportarme mucho más si dejase que ahondarán más en mí.
Voy haciendo..., (eso decimos)
Y de otro lado, que vivo en la inercia. Discapacitado de una voluntad que me permita analizar que está sucediendo y que lugar deseo ocupar.
La hipoteca, la vida conyugal, el trabajo, la familia, las comodidades determinan nuestro lugar. A veces demasiado, ¿No creéis ?.
Es la inercia...,
Ahora que lucho por dejar atrás el consumismo que tantas energías me robaba, ahora que trato de no perder el tiempo deseando imposibles, sigo sin encontrar un rato para aburrirme. Aburrirme eso es lo que definitivamente quiero, aburrirme y dejar que los pensamientos acudan solos.
El dinero no es prescindible pero más dinero del que necesitas sí que puede serlo.
El móvil e Internet pueden ser muy útiles en contadas ocasiones pero inútiles la mayor parte del tiempo.
Y como estos ejemplos hay multitud de cosas que quizás valdría la pena replanteárselas. ¿Vosotros que creéis?.
David.


I N D I F E R E N C I A Habitualmente trato de llegar al instituto con tiempo para preparar las sesiones. Raro es el día en que además de impartir clase no tenga que informar de alguna excursión, de algún trabajo o similar así que en el tiempo que transcurre hasta que suena el timbre aprovecho para organizarme. Yo diría, sin que suene a pedantería o autosuficiencia, que mi ánimo en el previo es bueno, pero luego, durante la clase veo como las atenciones se disipan y raramente vienen a posarse sobre mi explicación, las miradas pululan de un lado para otro sin ningún sentido y los oídos parecen no captar la frecuencia sonora de mis palabras. Este es el comienzo de la espiral hacia los infiernos. Entre frases como: “profe puede volver a repetir” o “ profe eso no lo has dicho” comienzo a desesperarme. Aunque para tranquilizarme pienso en que estos gags también se daban en mis tiempos. Eso no es lo que me preocupa.
Es peor asistir a la ausencia de motivación de la que hacen gala muchos alumnos. Con unos pocos consigo que el chantaje surta efecto y trabajen. Pero con la mayoría, con la preocupante mayoría, acabo chocando con su más absoluta indiferencia. No le dan una oportunidad a las tareas, no me la dan a mí (que me siento cercado por los alumnos y por el programa de la materia), las notas no son importantes para ellos, ni si quiera el título escolar es algo que les preocupe excesivamente y , evidentemente, las regañinas de los padres no los amilanan.
No me malinterpretéis. No me quejo de la dificultad de mi trabajo, que no es poca, me asola ver que una gran parte de nuestra juventud no muestra ilusión por nada de lo que se encuentra en la escuela. Arrastran los pies por el colegio durante unos cuantos años sin llegar a alzar la cabeza para mirar hacia delante. Mientras tanto los profesores discutimos a cerca de si es necesario más disciplina o más proximidad a los alumnos. Pero me da que el problema está en nuestra sociedad.
¿A dónde queréis llegar si creéis que donde estáis, se está bien?